cuentos para llegar, leer en un minuto y largarse... te queda la vida para pensar y crear el tuyo.

*todos los cuentos son originales del autor del blog, y tienen derechos de autor.

lunes, 19 de mayo de 2008

ciudad peligro

El bus se movía lentamente en el pesado tráfico de las 6 de la tarde. Afuera la ciudad era bañada por una lluvia que tenía toda la intención de mantenerse por un buen rato.
Dentro del vehículo, con un buen número de pasajeros que cabeceaban en trayecto a su casa luego de una jornada habitual de trabajo, se formaba una bruma de condensación en las ventanas, que hacían que las luces de los autos de fuera se vean como estrellas, y que no se distinga casi nada de lo que pasaba en el exterior.
Uno de los pasajeros, que no parecía tan dormido como los otros, en la parte delantera del bus, giró la cabeza, mirando hacia atrás, se levantó lentamente, y sacando un arma de su sucia y húmeda chompa, gritó, no muy fuerte:
-Bueno tira de hueones... se me van poniendo pilas con los celulares, cadenas relojes y sueltos, si no quieren quedar aquí como basura... al mismo tiempo que apuntaba a los pasajeros con su brillante revolver.
Empezó a dar su primer paso hacia la parte trasera del bus, cuando sonó un disparo PUM! y el choro con cara de espanto, bueno, lo que le quedó de cara luego de recibir una bala en la parte derecha de la frente, se estrellaba contra la ventana, dejando una estela de sangre y sesos entre el la humedad de la ventana.
El autor del disparo, un joven con traza de trabajador de mecánica, se paró de su asiento a la mitad del bus y pronunció solemnemente
-bueno, todos tranquilitos, ya pasó el peligro, yo no les voy a disparar, pero sigan poniendo sus pertenencias en esta maletita, que esto también es un asalto...
El mayorcito que estaba al lado derecho del nuevo choro, con movimientos temblorosos empezó a sacar de su abultado bolsillo sus pertenencias, para ponerlas en la maletita que le tendía el joven, apuntándole con la .35 automática, pero no le tembló la mano cuando con un rápido movimiento, casi invisible en la penumbra del bus, sacó una navaja y con un certero tajo cortó la yugular del jovencito, que como todo un novato, dejó caer el arma para agarrarse el cuello, momento que el viejo aprovecho para levantarse, y de un rodillazo en el estomago, dejar tendido en el pasillo al joven ladrón.
Ese movimiento fue suficiente para que el resto de pasajeros se ponga en movimiento, tanto por miedo como por instinto, todos empezaron a sacar sus armas y a disparar a diestra y siniestra, y los que no trajeron sus automáticas, poco podían hacer con sus navajas.
La sangre llegó a ocupar el espacio que antes transformaba en estrellas las luces de los coches, y sorprendentemente, y auque hubo una cantidad apreciable de disparos, ni un solo vidrio de la unidad de transporte quedó destrozado, solo pedazos de sus ocupantes resbalaron asquerosamente por las sucias ventanas.
Cuando cesó todo el estruendo, y los pasajeros estaban tendidos y ensangrentados por todos los sectores del bus, solo uno quedó parado, en la última fila, temblando y con su cámara de bolsillo en las manos. Lo vio de cerca, tal como proclamaba su folleto publicitario, pero no pudo tomar una sola foto, para llevar a sus amigos, como recuerdo, de su visita a Ciudad Peligro, capital de la Pequeña Republica Bananera de tercer mundo.

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